Por qué algunos no conseguimos iniciar una carrera literaria


Nunca me había atrevido a confesarlo, pero soy consciente de que, en el cara a cara, aburro con mis disquisiciones. No diré que me da igual, porque cuando uno intenta comunicar sus ideas o sus sentimientos "el" objetivo es comprobar que esa información se transmita (para el otro propósito, el de desahogarse, no importa mucho qué ocurre con el receptor). Si personalmente me fastidia, mi fracaso personal aún se agrava cuando sospecho que también se extiende a mi literatura, pues mi deseo desde siempre ha sido llegar al máximo número de lectores interesados (sitúo este adjetivo aquí por un motivo). En sintonía, fantaseo con que la conquista de estos lectores me ayude a sintonizar mejor con esto que llamamos propósito vital. Parece una cursilada, y no es fácil de defender esta idea. Sucede así con todo lo íntimo, que cuando se explica se vuelve banal, vacío, tonto.


Sin embargo, si algo he ambicionado siempre es ampliar mis horizontes literarios a modo de conquista paulatina, porque tal vez así pueda mejorar como escritor y, a base de conseguir que me lean algunos, poder escribir y publicar más, de manera que me encierre en un bucle donde solo valga la escritura o la vida, y las dos cosas sean lo mismo. ¿Loco? Puede ser.

Me gustaría apostillar que no solo deseo comunicar y transmitir por el mero hecho de poder dedicarme en cuerpo y alma a hacerlo, y desatender por tanto otras parcelas de mi vida que necesariamente pasan por trabajar en cualquier otra cosa distinta a escribir. Aparte, esperaría aportar mi granito de arena a la cultura, al trasfondo del saber popular, pero soy un descreído y confieso que sería una aspiración casi onírica. Puede que en mi juventud hubiera colado, como también acaricié la idea de ser famoso (ingenuo no, lo siguiente), pero a estas alturas del partido sé, sin lugar a dudas, que no puedo decir nada que no se haya dicho antes, y que, como mucho, puedo llegar a decirlo de otra forma, sin que esto sea mejor necesariamente. Sé que en esto de escribir lo más complicado es lograr tener una voz propia que se distinga del resto y que acompañe a un puñado de lectores como les acompaña la voz de un amigo, un hijo, un padre, un maestro y un señor defectuoso pero afectuoso.


Se podrían escribir tomos de la Espasa Calpe para explicar por qué fracaso año tras año en mi objetivo de escribir y que se me lea. Resumiendo mucho, el problema es que aburro. He sido siempre aburrido, incluso antes de ponerme a escribir. Cara a cara, sin ningún miramiento, descorcho la botella de mis hipótesis y despilfarro el gas de mi perorata cargada de argumentos peregrinos ante pobres amigos o incluso recién conocidos que de repente se ven prisioneros de un pesado que parece disfrutar del palabreo a pesar de los bostezos del otro.


Seguramente, he aburrido hablando a muchísima gente, porque nunca he medido a quién me he enfrentado ni tampoco he pedido permiso para empezar el melón de la conversación profunda.


Nunca he podido llevar una conversación de autobús, o de ascensor si se quiere, que por desgracia se ha convertido en el tipo de charla más frecuente. Eso de hablar de cosas inofensivas y diáfanas siempre me ha parecido una pérdida de tiempo. No me jacto, no. Lo considero un defecto. A estas alturas he entendido que todo el mundo tiene derecho a no pensar demasiado, o a elegir el momento para hacerlo.


Puede que sea un mal conversador en la vida corriente. La única esperanza que me queda es, por el lado personal, que también exista gente como yo que huya de la conversación de ascensor. En cuanto a la literatura, estoy tranquilo hasta cierto punto. No creo que el lector busque la banalidad en el texto. Seguramente me equivoco. Respecto a este particular seré tajante: no pienso escribir nada superficial o estúpido si no es para criticar esa propia futilidad, salvo que tenga un propósito humorístico, donde me reservo el derecho a cumplir con todo aquello que me reclame la comedia.


De todas maneras, no saco pecho de mi gravedad, de mi facultad de aburrir, pues precisamente sé que la literatura actual no se permite, ahora menos que nunca, narradores pesados, aunque actúen en nombre de los grandes conceptos o gestas. Por tanto, tengo que explorar hasta qué punto mi “don” para aburrir procede de mi falta de conexión con las necesidades sociales o de mi manera de contar los hechos.


Me gustaría decir que la primera hipótesis me importa un bledo y es la segunda la que me desvela. Quedaría como un escritor concienzudo alejado de la realidad. Es mentira. A nadie le gusta saberse un brasas, un turras, un martillo pilón.


Lo triste del asunto es que tengo que lidiar con mi primer escollo en silencio (pues explicar que soy aburrido me haría más aburrido todavía), y, al mismo tiempo, fingir que no me sacude la perspectiva de que mi incapacidad personal esté relacionada con la literaria.


Dejémoslo en una manifestación más de mi trastorno obsesivo compulsivo, y, como todo el mundo parece deleitarse con anunciar a bombo y platillo que está como un cencerro, pongamos la primera piedra para ser tan banal como el que más. Igual ahí reside el secreto.

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